domingo, 30 de mayo de 2010

LA FAMILIA DE AGUSTINILLO (1)



"Entre los chiquillos que venían a ofrecer huevos y animales extraños, Agustinillo, el hijo del hornero, menudo, pelirrojo y pecoso, era el más gracioso. María lo tomó un poco bajo su protección, persuadida de que el niño no estaba bien alimentado. Todas las mañanas, venía a desayunar antes de ir a la escuela y también a merendar cuando a la tarde salía de ella.

Agustinillo vivía con sus padres y tres hermanos varones en una especie de cuadra con tierra apisonada donde había un gran horno medio derruido. En un rincón, estaba la cama de los padres, Frasquita y Tomás, separada del resto de la vivienda por una cortina de tela de colchón. Cuatro sacos rellenos de paja distribuidos por la estancia, con una manta oscura encima, indicaban el lugar donde dormían los niños. El burro y el carro quedaban fuera, bajo un cobertizo.

Frasquita hacía el cocido en un hornillo, sobre unas brasas de carbón vegetal o, cuando el carbón faltaba, de boñigas secas. El horno no se encendía más que una vez al año, la semana anterior a la Navidad. Era la época en que en las casas andaluzas, en previsión de las fiestas, se elaboraban toda clase de dulces. Muchos de ellos requerían ser fritos en aceite, pero otros, la mayoría, precisaban ser cocidos en un horno, y puesto que el panadero no daba abasto para ofrecer el suyo a la clientela, recurrían al casi derruido de Tomás, quien, a fuerza de repararlo con parches y tapones de arcilla, conseguía poner el horno en marcha.

Durante una semana entera, las mujeres circulaban por las calles de Candera en dirección a los dos hornos del pueblo, con grandes bandejas de madera sobre sus cabezas, transportando rosquillas, polvorones, magdalenas, almendrados, etc., que, una vez cocidos, se diferenciaban más por su forma que por su gusto.

Con lo que Tomás cobraba a aquellas mujeres por las pastas que traían a cocer en su horno, vivía la familia entera durante uno de los meses más duros del invierno, y además se calentaba." (Continuará)

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AGUSTINILLO'S FAMILY (1)

Among the children who came to offer eggs and strange animals, Agustinillo, the oven-keeper's son, slight, redhead with freckles, was the funniest. María took him a bit under her wing. Realizing that the child was not well fed, every morning he came to have breakfast before going to school and also the afternoon snack when he came out.

Agustinillo lived with his parents and three brothers in a sort of pressed-soil stable where there was a huge semi-ruined oven. The parents, Frasquita and Tomás', bed was in a corner separated from the rest of the household with a mattress-material curtain. Four straw-sacks spread through the room with a black blanket on top was where the children slept. The cart and donkey were outside under a shed.

Frasquita cooked her stews on a stove heated by vegetable carbon or, when carbon lacked, with dried cow dung. The oven was used once a year, the week before Christmas. It was the time when Andalusians cooked all sorts of sweets. Lots of them needed to be fried, but others needed to be cooked in an oven and since the baker's oven wasn't enough for everyone, they had to use Tomas' ruined oven, who after fixing it with all sorts of patches and clay tops, managed to make it work.

For a whole week, through Candera's streets, women went to the ovens with large wooden trays on their heads with ring donuts, shortbread biscuits, fairy cakes, macaroons, etc., that once cooked, looked more by their shape than their taste.

With what Tomás charged those women, the whole family lived throughout the toughest winter months and, besides, they were kept warm. (It will continue)

17 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Pobre gente.
Tantas privaciones y miserias...
Que dureza de vida.

Besos.

Cecilia Alameda Sol dijo...

¡Qué lástima cuando los niños padecen hambre y miseria!

Asun dijo...

Qué vidas tan duras las de muchas familias en esos tiempos (bueno, y hoy en día según en dónde y cómo). Yo cuando veo fotos de mis padres de aquella época y veo las miserias que pasaban me doy cuenta de lo afortunados que hemos sido.

Besos

Fernando Manero dijo...

La supervivencia aguzaba el ingenio y obligaba a sacar partido a lo poco que se tenía simplemente para seguir viviendo ya que de la misería no se salía nunca, salvo que los hijos acabaran en la milicia o en el seminario. De vez en cuando, y sin que las perspectivas a largo plazo estuvieran aseguradas, los rapaces eran acogidos bajo el manto protector de los amos, pero nunca más allá de los quince años cuando la adolescencia les convertía en rebeldes o en mano de obra que había que aprovechar sin distingos. Qué sería de Agustinillo cuando llegase a esa edad. No sé si nos lo dirá la cronista pero seguro que el panorama no sería para tirar cohetes. Hasta que llegaron las grandes migraciones, así era la imagen de una España rural sumida en la miseria. Un abrazo, Merche

Paco Cuesta dijo...

Los hornos comunales eran muy frecuentes en tierras de Castilla. Había uno en cada pueblo y por turno establecido, cada familia cocía su pan.
En fiestas señaladas, rosquillas y dulces

BIPOLAR dijo...

Hi Merche
Este libro de tu tía me parece del grosor de El Quijote.
Así que quizás me lo lea de un tironcillo. Un besico.

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Esta entrada de hoy huele a antes aquí, a ahora en otros sitios, quizá también a mañana aquí mismo.
Besos.

Antonio Aguilera dijo...

Muchos niños eran acogidos en cortijos sólo por la comida (en andalucía) y, en cuanto tenían 8 ó 10 años, ya estaban trabajando: empezaban guardando una piara de pavos, deapue´s de cerdos.
En cuanto espigaban un poco, ya segaban trigo e incluso araban con la yunta de bestias. Eran los tristemente famosos "mozos".

Sigo pabajo....

Merche Pallarés dijo...

TORO, sí, pobre gente... Besotes, M.

CECILIA, y pensar que eso pasaba en España hasta hace bien poco... Besotes, M.

ASUN, sí, hoy en día está pasando lo mismo en muchos países, desgraciadamente. Besotes, M.

FERNANDO, ¡Cuánta miseria! Tienes razón y que la única salida fuera la militar o la eclesiástica tiene bemoles... Besotes, M.

PACO CUESTA, qué curioso que existieran esos hornos. Gracias por la información. Besotes, M.

BIPO, te aseguro que no es como El Quijote,ja,ja...lo que pasa es que como voy escribiendo de a poquito, se está haciendo larguísimo... Ahora te voy a visitar, a ver qué tal te fue las firmas de tu libro. Besotes, M.

PEDRO, Cierto. Quizá mañana de nuevo volvemos a los hornos comunales como dice PACO CUESTA. No me extrañaría nada. Besotes, M.

ANTONIO, ¡Qué tristeza de destino para esos "mozos"! No me extraña que se fueran en bandadas hacia Cataluña y Euskadi y hasta Alemania. Besotes, M.

Jesús Garrido dijo...

He entrado aquí porque un mosquito se ha parado en la pantalla de mi móvil...le echaré un vistazo a tu blog (el mosquito ha muerto, lo he aplastado)

Antònia Pons Valldosera dijo...

Esta historia refleja la vida tan dura en las zonas rurales de España. Casas inhabitables, jergones de paja, hornos comunes...
No en los tiempos que describe magistralmente tu tía pero sí a finales del XIX los niños pobres, en mi comarca, solían ir con un capazo a recoger las boñigas de las caballerías: "a plegar fems" que después ofrecían a las fmailias con más posibles a cambio de un pan o dos.
También era frecuente que los niños espigaran el trigo, maíz almendras o aceitunas, costumbre que se recuperó en la postguerra cuando el hambre apretaba.
Por si fuera poco las personas con alguna minusvalía ya fuera física o mental estaban abocados a una vida de discriminación absoluta.
Conocí a una señora ya mayor a quien todos llamaban "la mudeta" y sin embargo era lista como el hambre y con 4 gestos se comunicaba.
Aún no se había puesto de moda el lenguaje de signos. Soltera, pasó la vida en la casa que había nacido cuidando de todos y realizando los trabajos más pesados.
Un beso.

Merche Pallarés dijo...

JESÚS GARRIDO, gracias por tu/su visita, vuelve/a cuando quiera/as.
Lástima lo del mosquito aunque comprendo que no tenia/as otra alternativa... Besotes, M.

ANTÒNIA ¡Pobre muda! El ser minusválido (yo los llamo MAXIválidos) en esos años debió de ser de una crueldad terrible. Muy interesantes tus aportaciones históricas, querida Antònia. Besotes, M.

Stanley Kowalski dijo...

En este preciso momento hay 2ºde temperatura; cuando leí la palabra cocido, se me hizo agua la boca, que rico! Nunca imaginé que un horno podría redituar el dinero suficiente como para que viva una familia!
No te comenté antes, pero cuando leo estas anécdotas costumbristas, me recuerdan mucho al norte de mi país, pues aún están bastante arraigadas las tradiciones coloniales españoles, inclusive algunas palabras que en Buenos Aires no se usan; por ejemplo, aquí se dice agarrar, y en el norte se dice pillar, como en España.
Me encanta poder volver a visitarte, querida Merche, se extraña y mucho!

BESOTES HERMOSA Y BUENA SEMANA!

Merche Pallarés dijo...

STANLEY, querido ¡Bienvenido de vuelta! Pues hoy aquí estamos a 30º. ¡Un CALOR...!
Qué curioso que estas historias costumbristas aún existan en el norte de Argentina... Feliz semana para ti tambien. Muchos besotes, M.

pancho dijo...

It's a good thing we could overcome those dark times. The present crisis is a child's play if we compare with those years after the Civil War.

BIPOLAR dijo...

¡qué contraste la miseria de esta gente con el exceso de la hacienda de doña Paquita!

esto de ir a cocer al horno se lo he oído contar yo a mi madre.

Anónimo dijo...

It was precisely what I had been searching for! Thank you so much!